No maneja un auto, pero sí un tren

Comenzó trabajando con niños y ahora lo hace con máquinas. No sabe conducir un automóvil, pero sí un tren con el que a diario transporta a poco más de 12 mil personas desde Tasqueña hasta Cuatro Caminos, con sólo empujar una palanca y presionar un botón.

Sara Pantoja
sara.pantoja@eluniversal.com.mx

Con casi 35 años de servicio, Patricia Medina Zárate es una de las primeras mujeres que se convirtió en conductora de trenes del Sistema de Transporte Colectivo Metro.
De las 15 mil personas que laboran en “el gusano anaranjado”, alrededor de cinco mil, es decir, la tercera parte, son mujeres.

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Y de los poco más de mil 700 conductores, 450 pertenecen a este género. Entre ellas, Patricia es de las que tiene más experiencia en la cabina de conducción.

Comienza la ruta

Son las ocho de la mañana. Viste su uniforme azul marino y sus botas antielectricidad, “por si hay que bajar a las vías”. Cuelga su bolsa de mano y acciona el inconfundible sonido: “tururuuu”.

Es la indicación de que comienza el recorrido de la línea 2, la más usada por los habitantes del DF.

Patricia presiona un botón azul para cerrar las puertas. Mira a su derecha, a la pared donde inicia el andén y hay un espejo retrovisor con el que confirma que todas las puertas están cerradas, que nadie se quedó atorado y que puede avanzar.

Con su mano derecha empuja el manipulador para dar tracción al tren y tomar  velocidad.

“Empecé en agosto de 1978. Estuve en la guardería seis años como asistente educativa. Se hizo una promoción para conductor. Me inscribí y me fui al curso de conductor. Estuve tres meses en capacitación.  Me llamaron la atención los trenes, pero sobre todo el sueldo: lo dupliqué”.

“Fui la segunda generación de mujeres, pero al fin y al cabo, llegamos aquí a cambiar esto, a cambiar exactamente el machismo del hombre”. Recuerda los comentarios a su paso: “Ellos decían que no necesitaban que estuviéramos aquí las mujeres, pero al fin y al cabo les demostramos que sí podíamos”.

La suerte que la acompaña

Estación Chabacano. Por segundos, la conductora abre la puertita de la cabina y se asoma de un lado. Se asoma del otro. Confirma que ningún “vagonero” obstruya el cierre de puertas.  Patricia Medina se considera una mujer con suerte. A diferencia de muchos de sus compañeros conductores, en los casi 30 años que ha trabajado en la cabina de conducción nunca ha visto que una persona se arroje a las vías a su paso.

“Eso es continuo en nuestro trabajo, pero no me ha tocado eso. Es suerte, mucha suerte. Es una experiencia muy desagradable para nosotros, pero es inevitable, cómo evitarlo”, dice en voz baja.

Lo que sí le tocó hace unos diez años fue atender a una mujer cuyo bebé nació en el vagón que manejaba.  Eran como las diez de la mañana, recuerda: “Alguien accionó la palanca de emergencia porque la señora se sentía mal. Fui a ver y regresé a la cabina. Hablé al PCC —puesto de control del Metro—, me indicaron que me iban a mandar auxilio.

A la siguiente estación volví a ver y no llegaban. A la siguiente volví a pedir ayuda porque la señora ya estaba por dar a luz. En Allende, nació el bebé en el vagón”.

Aquella mujer se llamaba Sonia Aguilar.

Son casi las diez de la mañana. El tren número 38 se acerca a la  terminal luego de un recorrido de 40 minutos de ida y los mismos de regreso. Patricia disminuye la velocidad y esboza una ligera sonrisa.
“Estación terminal Tasqueña. Ninguna persona deberá permanecer a bordo… Saludos a los pasajeros”, dice y se toma un descanso para desayunar.

 

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